• Andrés Cifuentes

A Aminta, que imite al sol al dejarle consuelo cuando se ausenta



Pues eres sol, aprende a ser ausente del sol, que aprende en ti luz y alegría; ¿no viste ayer el día agonizar el día y apagar en el mar el oro ardiente?


Luego se ennegreció, mustio y doliente, el aire adormecido en sombra fría; luego la noche en cuanta luz ardía, tantos consuelos encendió al Oriente.


Naces, Aminta, a Silvio del ocaso en que me dejas sepultado y ciego; sígote oscuro con dudoso paso.


Concédele a mi noche y a mi ruego, del fuego de tu sol, en que me abraso, estrellas, desperdicios de tu fuego.


Francisco de Quevedo

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